domingo, 28 de septiembre de 2025

Relatos de mi infancia

Aquel manzano ya no floreció

“Aquel manzano ya no floreció,
y fue tal vez por su vejez.
Por eso mi alma se entristeció,
al ver que se marchitó…”
— Canción infantil de ronda

Una vez tuve un tesoro en mi muñeca. No recuerdo quién me lo regaló.

La pulsera era rígida, lisa por dentro, y por fuera guardaba un secreto: un paisaje grabado directamente en el metal. No eran dijes que colgaran, sino figuras incrustadas, pintadas con colores vivos que sobrevivían en cada trazo diminuto.

Había árboles con copas redondas, cargados de manzanas rojas brillantes. El verde de las hojas se mezclaba con el marrón de la corteza, como si alguien hubiera pintado con paciencia de artesano un bosque entero reducido a centímetros. Entre los árboles aparecían casitas: techos rojos, paredes claras, ventanas pequeñas que parecían abrirse a mundos escondidos.

Al girarla en mi muñeca, la pulsera se transformaba en un camino circular: árbol, manzana, casita; árbol, manzana, casita… como una historia que nunca terminaba. Yo podía recorrerla con los ojos y con los dedos, detenerme en cada detalle, imaginar quién vivía en esas casas o qué secretos guardaban las ramas. Era un universo grabado en metal, portátil, que me acompañaba como un talismán.

Durante semanas llevé conmigo ese pequeño paraíso. Hasta aquella tarde de verano en que abrí la puerta de mi departamento para ir a jugar a la vereda.

El pasillo tenía paredes de salpicré blanco y baldosas negras que devolvían el eco de cada paso. Allí, tirada en el suelo junto al felpudo, la encontré.

Al principio no entendí lo que veía. Estaba toda retorcida, como un cuerpo sometido a la fuerza. Los árboles con sus manzanas habían quedado aplastados, las casitas deformadas hasta parecer ruinas. No vi las manos que lo hicieron, ni escuché risas ni burlas: sólo vi el resultado.

Me agaché a levantarla. El metal estaba frío y áspero, ya sin brillo. La giré entre mis dedos esperando reconocer el bosque y las casitas, pero lo que encontré fue un nudo sin forma. Era como si hubieran destrozado no sólo una pulsera, sino el pequeño universo que yo llevaba conmigo.

Esa fue la primera vez que sentí romperse algo por dentro. No era la pulsera: era yo. En mi mente de niña no entendía por qué recibía ese mensaje brutal, esa especie de amenaza silenciosa que me hacía sentir odiada. Yo no conocía el odio hasta ese momento. No porque yo odiara, sino porque lo sentí irrumpir de golpe en mi felpudo, en la puerta de mi casa, en la entrada misma de mi infancia. Llegó como un visitante silencioso y feroz.

Hubo intervención de los adultos. Mi mamá habló con los padres de la chica —a quien voy a llamar Mariana—. Hoy, cuarenta años después, sé que no eran meras conjeturas. Lo que siguió en la vida de Mariana confirma que algo no estaba del todo bien en su casa.

Su padre era un hombre muy inteligente, farmacéutico, creo. Pero también alguien extraño. Una vez, mi papá tuvo que ir a pedirle que se abstuviera de andar desnudo por el balcón. Ese era el contexto de Mariana. Y tal vez la furia que convirtió mi pulsera en un nudo no era contra mí, sino contra un universo que a ella misma la estaba lastimando.

El odio como emoción existe: es tan real como la tristeza o el miedo. Lo que pasa es que asusta, porque suele venir con mucha intensidad, con deseo de rechazo o destrucción. Pero rara vez nace puro: suele ser el resultado de dolor, frustración e impotencia que se enquistan y se transforman en rechazo hacia otro.

En la infancia, como ocurrió con Mariana, el odio es casi siempre la expresión tosca de un sufrimiento que no encuentra otra salida. Los chicos no tienen las herramientas para decir “me duele” o “estoy triste”; entonces el cuerpo y los actos hablan por ellos.

Lo que yo sentí aquella vez fue tan impactante porque hasta ese momento no había conocido el odio en carne propia. Fue como ver irrumpir una emoción nueva, oscura, que no nacía de mí sino que venía de afuera, invadiendo mi puerta, mi espacio, mi refugio mágico.

“Aquel manzano ya no floreció,
y fue tal vez por su vejez.
Por eso mi alma se entristeció,
al ver que se marchitó…”

En mi caso no era la vejez lo que marchitaba al manzano: era la furia. Y como en la canción, mi alma se entristeció, porque entendí demasiado pronto que hasta los manzanos más vivos, los más rojos y brillantes, podían apagarse de golpe.


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domingo, 6 de julio de 2025

Nikola Tesla y la teoría del 3-6-9

🔢 Nikola Tesla y la teoría del 3-6-9: ¿La clave del universo?

✨ “Si supieras la magnificencia del 3, 6 y 9, tendrías la clave del universo” — Nikola Tesla

Aunque no hay una fuente directa que confirme que Tesla haya pronunciado exactamente esa frase, el misticismo moderno la ha convertido en un símbolo. Pero, ¿por qué estos números? ¿Qué tienen de especial? ¿Y qué relación tienen con Tesla y su pensamiento?

🌌 Tesla y su fascinación por los patrones

Nikola Tesla fue un genio obsesionado con los patrones numéricos, la energía y la frecuencia. Su mente funcionaba más allá de la tecnología: concebía el universo como una gran danza matemática. No es extraño, entonces, que ciertos números hayan capturado su atención.

El 3, el 6 y el 9 aparecen reiteradamente en la naturaleza, la geometría sagrada, la música y los campos electromagnéticos. Son números con propiedades únicas, que no se repiten fácilmente en secuencias numéricas binarias.

🔁 El patrón matemático

En las duplicaciones sucesivas (1, 2, 4, 8, 16...), hay un patrón circular que se repite (1–2–4–8–7–5–1...), pero el 3, el 6 y el 9 están ausentes. Esto ha llevado a considerarlos como una especie de nodo energético fuera del circuito cerrado.

Además:

  • 3 representa la creación, la trinidad, el principio.
  • 6 representa la conexión, el equilibrio, el amor.
  • 9 representa la finalización, la sabiduría, el ciclo completo.

Curiosamente, 3 + 6 + 9 = 18 → 1 + 8 = 9: el número que se pliega sobre sí mismo ♾️.

🧘‍♀️ El uso espiritual del 3-6-9

Hoy, la secuencia 3-6-9 es popular en la Ley de Atracción y técnicas de manifestación. Se utiliza así:

  • ✍️ Escribí tu deseo o afirmación 3 veces a la mañana
  • ✍️ Repetilo 6 veces por la tarde
  • ✍️ Escribilo 9 veces a la noche

Durante varios días (21 es el número clásico), como forma de programar el subconsciente.

🔮 ¿Ciencia, misticismo o metáfora?

Tesla se movía entre lo empírico y lo visionario. Aunque el 3-6-9 no sea una fórmula científica comprobada, puede verse como una metáfora poderosa: una invitación a buscar patrones, a confiar en la energía y a ver el universo como una sinfonía matemática.

🌞 En síntesis

El 3-6-9 no es una llave mágica universal, pero sí puede ser una herramienta de enfoque, intención y conexión con lo invisible. En tiempos donde buscamos sentido, estructura y propósito, esta secuencia se vuelve un puente entre ciencia y espiritualidad.

¿Y si lo probás?

Quizás no cambie el universo. Pero puede empezar a cambiar el tuyo ✨


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