miércoles, 30 de abril de 2025

✨ El tarot no me eligió: me recordó

 





No recuerdo el momento exacto en que el tarot llegó a mi vida. Sería fácil decir que fue casualidad, pero sé que no fue así. Lo encontré como se encuentran los espejos olvidados en casas viejas: no sabés si están ahí para reflejarte o para mostrarte algo que no querías ver.

Era el mazo Rider-Waite. Sus imágenes no me pedían que las estudiara, me hablaban. Me abrían mundos que yo habitaba sin mapa. Inventaba escenas, reconstruía emociones, tejía sentidos como quien escribe con los ojos cerrados pero el alma abierta. Y así, casi sin querer, empecé a leer.

No me formé como tarotista en una escuela, no tuve un linaje que me transmitiera el arte. Pero algo en mí reconoció ese lenguaje simbólico como si siempre hubiese estado esperándolo.


El tarot no predice.
Revela.
No sentencia.
Sostiene.

Y si una sabe escucharlo con humildad, si no se busca en él solo una solución mágica, puede convertirse en un portal. Un umbral hacia una verdad más cruda, más luminosa, más propia.

He escuchado muchas veces los mismos prejuicios, vestidos con distintos nombres: que el tarot asusta, que es una trampa, que manipula, que crea dependencia.
Y, sin embargo, lo que yo he visto es otra cosa: mujeres reencontrándose con su voz, personas reconciliándose con su sombra, silencios que por fin se atreven a nombrarse.


Recuerdo especialmente a una consultante que llegó devastada. No por una ruptura, sino por una continuidad. Seguía en una relación que la desgastaba, que la apagaba de a poco.
Él era celoso, controlador, condescendiente. Ella, brillante, sensible, llena de fuerza, pero temerosa.
No podía salir.

La lectura fue contundente. No se trató de decirle qué hacer, sino de mostrarle lo que ya sabía pero no podía poner en palabras.

Apareció la Reina de Espadas invertida, junto al Ocho de Espadas.
Ella se vio atrapada, sí, pero no solo por su presente. También por su historia.
Después, casi como si el mazo entendiera que faltaba una clave, apareció el Diez de Oros invertido.
Y ahí, en ese despliegue simbólico, se reveló el corazón del conflicto: la repetición de un patrón familiar. Un legado emocional silencioso. El eco de una madre que había tolerado lo mismo. El mandato no dicho de “sostener a toda costa”. La idea heredada de que el amor implica sacrificio, silencio, aguante.

Lloró. No con desesperación, sino con lucidez.
Dijo: “Ahora entiendo por qué no podía irme”.
Meses después me escribió. Empezó terapia, habló con una amiga, se fue.
No por lo que dijeron las cartas.
Por lo que ella se permitió ver.


Eso es el tarot para mí.
No un oráculo del futuro, sino un espejo del presente más verdadero.
Un lenguaje arquetípico, ancestral, feroz y amoroso.
Una forma de volver a casa cuando una se ha olvidado el camino.

No se trata de “leer las cartas”, sino de escuchar con el alma.
Y de tener el coraje de ver lo que está ahí, sin disfraces.
A veces, lo que encontramos no es destino: es herencia. Y el tarot, cuando es honesto, nos ayuda a romperla.



— Flor
Magia del Sur Tarot

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