Esta es una lectura real basada en una tirada de tarot que conecta el cansancio femenino, los mandatos heredados y la posibilidad de transformación a través del símbolo de La Reina de Bastos. Si buscás lecturas de tarot para mujeres, este relato puede resonar con vos.
🔥 El Tarot no te salva. Te muestra que ya ardés.
Entró en silencio, con esa pausa que a veces es más ruidosa que las palabras. No venía a hablar del trabajo. Ni del amor. Ni de una respuesta urgente.
Tampoco venía rota. Venía entera. Pero cansada.
—Dormí —dijo de pronto—. Pero siento que no descansé. No es solo de ahora. Me pasa hace tiempo.
Le pregunté, con cuidado:
—¿Te hiciste análisis últimamente? A veces lo hormonal influye más de lo que creemos.
Me dijo que no, que hacía mucho que no se revisaba. Entonces fue claro: había que mirar también por ahí. Porque el tarot acompaña, pero el cuerpo también habla.
- Diez de Bastos en el centro: esa carga silenciosa que se vuelve rutina.
- Sota de Espadas invertida: pensamientos que se enredan, preguntas que se postergan.
- La Emperatriz invertida: la potencia creativa esperando permiso.
- El Papa: estructuras, mandatos, reglas que no se discuten.
—Mirá esta carta —le dije—. Ahí estás vos. Con el cuerpo inclinado, pero no vencido. Traccionando. Cargando. Empujando como si la vida entera dependiera de vos. Y quizás no sean diez bastos. Quizás sean cien. La carga mental, la maternidad, el trabajo, la casa, las mil cosas que nadie ve, pero igual pesan.
Tu espíritu es fuerte, sí. Pero está agotado. No porque seas débil. Porque lo estás dando todo. Y nadie puede sostenerlo todo sola.
Y entonces, como una aparición final, salió La Reina de Bastos.
Firme. Sola. Íntegra. Con el fuego en la mano. Con la mirada encendida. No pide permiso. No se explica. Solo arde.
Y algo cambió. Lo vi en sus ojos. Ese fuego, hasta entonces contenido, empezó a reflejarse en su mirada. Los deseos que no sabía cómo nombrar se fueron escurriendo por esos bastos… y salieron.
A partir de ahí, las preguntas cambiaron. Ya no eran “¿qué va a pasar?”, sino:
¿Qué quiero yo?
¿Qué es mío, y de nadie más?
Se puso en el centro de la escena. Reconoció —o mejor dicho, le resonaron— esos patrones que venía cargando desde generaciones. Y entendió que si no se sueltan, aunque sea un poco, se hacen cada vez más pesados.
Le recomendé terapia. Se quedó pensando. Y supe que quizás todavía no estaba lista. Pero la puerta estaba abierta.
Entonces le conté algo mío. De cuando empecé mi recorrido en la terapia psicoanalítica. Era muy joven, y aún no reconocía mi propia voz. Hablaba, sí. Pero muchas veces, lo que decía no era mío, aunque saliera de mí.
Había formas de vida, decisiones, maneras de estar en el mundo que no me encajaban… y ese no encajar me producía ansiedad. El cuerpo me hablaba, pero yo respondía desde una voz prestada. Y así, el cuerpo se quejaba más fuerte.
Con los años, mi voz se fue afinando. Y esa búsqueda, que empezó en el diván, me trajo al tarot. Porque yo había empezado sin brújula.
Lo suyo fue al revés. El tarot la llevó a la terapia. Y desde entonces, todos los meses tenemos una sesión. Un espacio para mirarse, preguntarse y encender ese fuego que ya estaba ahí. Solo necesitaba verse reflejado.
Hace unos meses, finalmente, empezó terapia. Y no me sorprende que casi siempre le salga El Ermitaño.
Está mirando su propia luz. Se está escuchando. Y cada vez se la ve más luminosa.
Su luz interior se deja entrever.
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